La arquitectura narrativa: lo que sostiene (o debilita) la comunicación de un liderazgo
- gmiravete8
- hace 5 días
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Durante años se nos ha enseñado a pensar la comunicación como una suma de piezas: un discurso, una entrevista, un mensaje para medios, una publicación en redes. Se trabaja cada elemento por separado, como si bastara con que cada uno “funcione” para que el liderazgo se sostenga.
La realidad es otra. Cuando no existe una arquitectura narrativa, esas piezas no construyen liderazgo: lo fragmentan.
Hoy, gobiernos, campañas, candidaturas y organizaciones no enfrentan problemas por falta de mensajes. Mensajes hay muchos. Lo que suele faltar es sentido. Una lógica que ordene qué se dice, cómo se dice y, sobre todo, por qué se dice.
La narrativa no es un adorno ni una capa estética que se coloca al final. Es estructura. Es la base desde la cual se toman decisiones comunicacionales. Define prioridades, establece límites, da coherencia y evita que el liderazgo reaccione de forma dispersa ante cada coyuntura.
Un discurso puede ser correcto y aun así fallar. Una entrevista puede estar bien respondida y generar ruido. Un debate puede ganarse en forma y perderse en fondo. Cuando eso ocurre, casi siempre hay una razón: el discurso, la vocería o el debate no están alineados a una arquitectura de sentido que los dirija.
Sin esa arquitectura, el mensaje se contradice, la vocería se debilita y la percepción pública se vuelve inestable. Y en política, en gobierno o en cualquier liderazgo con exposición pública, la improvisación tiene costos.
Construir narrativa no es hablar más ni llenar de palabras el espacio público. Es decidir mejor. Es definir qué historia sostiene al liderazgo, qué valores se comunican, qué temas se priorizan y cuáles no, qué batallas se dan y cuáles se evitan. Desde ahí se diseña todo lo demás: el discurso, la preparación para el debate, media training, la comunicación institucional y la respuesta ante escenarios críticos.
Por eso la comunicación estratégica no empieza frente al micrófono. Empieza mucho antes, en el orden del sentido.
Cuando existe una arquitectura narrativa sólida, el discurso deja de ser reactivo, la vocería gana autoridad y la comunicación adquiere coherencia. El liderazgo transmite dirección. Y entonces ocurre algo fundamental: la percepción comienza a convertirse en decisión.
No existen recetas universales ni soluciones prefabricadas. Cada liderazgo, cada campaña y cada gobierno enfrenta contextos, riesgos y oportunidades distintas. Por eso el trabajo estratégico no se resuelve con documentos genéricos ni fórmulas rápidas, sino en la conversación correcta, esa en la que se ordenan prioridades, se fijan límites y se construye sentido.
Cuando el mensaje importa, la estrategia no se improvisa.







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